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El gobierno federal debe pedir perdón

 

Mauro Gonzalez-Luna

 

Proceso

 

En México hay esclavos. Aunque se abolió la esclavitud en México hace mucho, y la Constitución -letra muerta, por cierto- la prohíbe, ella existe en pleno siglo XXI. La viven, entre otros, los jornaleros y jornaleras agrícolas de nuestro atribulado país. Son campesinos, millones, en pobreza extrema la mayoría, muchos de ellos sin parcela de subsistencia que cultivar para mal comer. Son indígenas y mestizos, hombres, mujeres, embarazadas, niños, niñas. Una ominosa trata de personas esa, la sufrida por ellos.

Sus derechos y dignidad, como hojas secas y caídas de otoño, son pisoteados a taconazos por explotadores. Se les estigmatiza y condena como si fuera ese su destino natural, fatal. Y no lo es, nunca lo es.

Motivaron este artículo: un oportuno y serio reportaje de Gloria Leticia Díaz, en Proceso, sobre la invisibilidad de los jornaleros para el gobierno, y otros textos desgarradores sobre el tema, a raíz de la pandemia y del olvido.

Migran de los Estados pobres del sur de la República al centro y norte del país, o al extranjero. Chiapas, Oaxaca, Guerrero…, exportadores netos de esclavos, parias, seres humanos desechables, sombras que viajan en camiones de segunda durante días para llegar, extenuados, a los campos de agricultura intensiva de inhumanos, crueles patrones y capataces. Huyen desesperados de la miseria, el hambre, la falta de oportunidades, de apoyos reales. Su lema: migrar o morir. Migrar o morir, lema trágico. inconcebible en tiempos supuestamente civilizados.

Muchos emigran acompañados de su familia; muchas mujeres son madres solteras que trabajan, dejando a su bebé de meses en los surcos, bajo el sol candente, expuesto el inocente a innumerables riesgos para su salud e integridad. Pero no hay de otra ni para él ni para la joven madre, encorvada en la pizca de jitomate.

Son millones los jornaleros agrícolas mexicanos. Se habla de 8 o 9 millones, incluyendo sus familias. Con frecuencia trabajan también los menores; éstos, si no trabajan, se quedan en sus pocilgas para cuidar a los más pequeños, sin escuela, sin porvenir, con un poco de frijoles en su vientre si acaso. De ellos y ellas depende la exportación masiva de frutas y verduras para goce de extranjeros.

Los que se alimentan de tales productos de la tierra, deberían saber que ello es gracias al trabajo forzado de esclavos mexicanos, muchos de ellos niños y niñas. Una infamia, de la cual son responsables las empresas explotadoras y sus enganchadores y capataces, el gobierno y la sociedad, indiferentes a dicha tragedia. Una irresponsabilidad, una inconsciencia de dimensiones dantescas. Una afrenta a la civilización y al decoro nacional. Racismo puro contra indígenas y mestizos, hermanos nuestros.

Carecen de derechos pues se les dice cínicamente que no son sujetos de los mismos, según declaraciones de una jornalera, madre soltera entrevistada recientemente; en su inmensa mayoría no tienen acceso a seguridad social. Carecen de contratos escritos, salarios decorosos, condiciones saludables en los cuartos donde vegetan por desgracia, de agua suficiente para beber y asearse, de servicios mínimos de salud.

Viven hacinadas hasta 4 personas en cuartuchos de 15 metros cuadrados, algunos con techumbres de plástico, sin puertas, cuya renta tienen que pagar; o en galerones insalubres con un baño en precarias condiciones para un sinnúmero de jornaleros y familias. Galerones, especie neoliberal impune de campos de concentración -tolerados por las autoridades municipales, estatales y federales.

El régimen federal morenista canceló de tajo el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA), alegando malos manejos. Esa eliminación significó una burda vulneración de derechos humanos de millones de personas en desgracia, según señalamiento de la Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras Agrícolas, el año pasado. En lugar de corregir sus graves fallas y luego fortalecerlo, lo borró del mapa insensiblemente, para desconsuelo de los jornaleros, y sin sustituirlo con apoyos reales, suficientes, institucionales, para estos millones de seres humanos en extrema vulnerabilidad.

Las becas no son suficientes, las promesas y verborrea cotidianas, tampoco; Sembrando Vida se queda cortísimo, pues muchos de ellos no tienen tierras. Están abandonados a su propia suerte, son parias, extranjeros humillados en su patria misma, explotados, invisibilizados.

Y con la pandemia mortífera, todo se agravó para los jornaleros. Obligados a dejar sus pueblos, tienen que trabajar en lugares lejanos, sin poder cumplir con las recomendaciones sanitarias más básicas, sin acceso a la salud pública, sin apoyo de sus patrones e intermediarios, explotadores profesionales.

Ante este panorama desolador, el gobierno federal -tan afecto a exigir perdones, para distraer, de terceros por hechos sucedidos hace siglos- y la sociedad misma, debieran para empezar, pedir hoy perdón de rodillas a los jornaleros y a sus familias; y después apoyarlos, ampararlos de verdad con protección legal idónea y real, con un programa específico y suficiente para ellos y ellas, con un presupuesto de cientos de millones de pesos para elevarlos del polvo.

Y simultáneamente, recordar agradecidos, la labor insigne de los misioneros católicos del Siglo XVI que vinieron de España, de Gante, para amparar a los indígenas: Motolinía, Tata Vasco, Pedro de Gante y tantos otros varones justos y sabios que sirvieron generosamente al indígena. Recordar las venerables y protectoras Leyes de Indias que otorgaron en teoría y práctica, privilegios y derechos a los diferentes pueblos originarios, muchos de ellos sometidos en su momento, a la esclavitud y sangrientas, bárbaras Guerras Floridas por parte del imperio azteca.

Por ello, es necesario, inteligente, ético, meditar muy bien a quién exigir perdones. Somos como nación, fruto del encuentro entre indígenas y españoles; desconocerlo ha sido y es suicida porque nos debilita y sujeta al verdadero adversario, el anglo sajón, feliz con la falta de conciencia cultural e histórica de tantos mexicanos; aceptarlo como hecho incontrovertible, con sus luces y sombras, es lo sensato, lo leal a lo que somos, lo que asegura nuestra identidad, recobra nuestra propia personalidad, hecha de dos estirpes altivas donde nunca medraron los bueyes como decía un poeta, y garantiza un porvenir venturoso para el pueblo.

Habrá que exigirlos -los perdones- al gobierno de Estados Unidos por enjaular niños migrantes pobres en el Siglo XXI; por el muro ignominioso e insultos a los mexicanos de parte del siniestro, vulgar e ignorante trumpismo; por habernos arrebatado medio territorio, la mitad del inmenso y rico que nos dejó España al independizarnos, con sus ciudades fundadas por misioneros católicos como Junípero Serra, español, en la Alta California.

Pero, al contrario, el régimen actual como los anteriores en mayoría, como el juarista del XIX con su oprobioso Tratado McLane-Ocampo y antidemocrática larga estancia en el poder, está ligado por interés faccioso al linaje yanki, protestantoide, de fuerte tufo masónico desde la Independencia, depredador, racista, hoy ultra neoliberal, ajeno a las profundas tradiciones del México mestizo y Guadalupano. Una cosa es la buena, respetuosa vecindad y otra, la sumisión.

En suma, la situación amarga, trágica de los millones de jornaleros, exige una solución inmediata, de fondo, por parte del régimen, y una toma de conciencia de parte de la ciudadanía toda. La hora que vive el país, es apremiante, no para frivolidades, ocurrencias, divisiones, enconos, cuando niños y niñas con cáncer carecen de medicamentos en hospitales públicos, cuando millones de mexicanos y mexicanas sufren de esclavitud, de la trata de trabajadores agrícolas, de otras tratas abominables, y de miserias de más de la mitad de la población. Y México hablando de rifas, penachos, encuestas, consultas, estatuas retiradas, pleitos de vecindad en Morena, liberales y conservadores.

Es tiempo de que todos asuman sus responsabilidades frente a la historia, sobre todo el gobierno federal y sus afines élites económicas neoliberales, una de las cuales, por cierto, mezquina y esclavista, propuso que el ahorro para las pensiones debería recaer exclusivamente en ¡los trabajadores!, según información de Proceso del día 13 de octubre. De no asumirlas, su alegada transformación es solamente una burda caricatura que, en su momento, borrará el viento sin piedad.

Dedico este texto con admiración inmensa a la memoria de los misioneros que envió España en el Siglo XVI para proteger a los indígenas, y de las Leyes de Indias. Y con respeto y afecto a los jornaleros y jornaleras agrícolas de temple heroico, deseando de corazón que pronto sus derechos humanos sean respetados por todos.

 

Juegos de poder

 

Covid-19: resultados y costumbre

 

Leo Zuckermann

 

Excelsior

 

  • Me parece que, como en el tema de la violencia, los mexicanos ya nos estamos acostumbrando a vivir con la pandemia. Ya la vemos como parte natural de nuestra vidas, incluyendo el número de muertos de cada día.

 

El 4 de junio Hugo López-Gatell dijo que un escenario “muy catastrófico” sería alcanzar 60 mil muertos por covid-19. El 16 de agosto se rebasó dicho número. Ayer ya habíamos llegado a 84 mil 420 fallecidos, 40% más del escenario “muy catastrófico”. Y vamos para más porque la pandemia no se ha controlado en México.

Con estas cifras oficiales, nuestro país es el número ocho de todo el mundo en cuanto a más muertos por covid-19 por cada millón de habitantes: 635.04 al 5 de octubre.

Somos, además, el país con la mayor tasa de fatalidad de toda América Latina: de cada cien contagiados de SARS-CoV-2, diez se mueren. En Brasil, esta tasa es de menos del cuatro por ciento.

Hay, sin embargo, un subreporte de los fallecidos en México. Diversos estudios, que comparan el número de fallecidos en 2020 con respecto a años anteriores, dan cuenta de un enorme incremento en las defunciones. La única explicación lógica es la presencia de la epidemia en este año. Si tomamos en cuenta esos datos, los modelos sugieren multiplicar por dos y hasta por tres las cifras oficiales de fallecidos que da el gobierno. Por dos serían 168 mil 840 los muertos. Por tres, 253 mil 260. De hecho, de acuerdo a la revista The Economist, la Ciudad de México es la región del mundo con más subreportes de fallecidos por covid-19 de todo el mundo.

Otro dato: según un estudio de Amnistía Internacional, en el mundo han muerto unos siete mil profesionales de la salud por covid-19. México es el número uno en todo el planeta, con mil 320 fallecimientos confirmados.

El gobierno, en voz de López-Gatell, justifica esta catástrofe (él fue el que puso el adjetivo) por el desastre que existía en el sistema de salud pública, la situación de pobreza de la mitad de la población y la existencia de una epidemia de obesidad que incrementa las muertes por comorbilidades.

Pero eso lo sabía el gobierno en marzo, cuando comenzó la pandemia en México y, desde luego para junio, cuando López-Gatell aseguró que lo más factible es que habría entre 30 y 35 mil muertos y, en un escenario “muy catastrófico”, 60 mil.

La realidad es que este gobierno lo ha hecho muy mal en el manejo de la pandemia. Hoy, con gran cinismo, se esconde detrás de puros pretextos.

Cito a Julio Frenk y Octavio Gómez Dantés en el balance que hicieron sobre la gestión gubernamental por el covid-19 publicado este mes en Nexos:

“Esta dramática situación no es producto de la naturaleza, que se ensañó con nuestro país, sino resultado de malas decisiones en el manejo de una pandemia que de haberse enfrentado de manera oportuna, inteligente y agresiva ya estaría bajo control. Hay varios ejemplos de países con niveles de desarrollo similares al nuestro o incluso menos desarrollados que ya lograron controlar esta contingencia, como Camboya, Sri Lanka, Tailandia y Uruguay. Hay países en vías de desarrollo con una población parecida o mayor a la nuestra que están en mucho mejor situación y que cuentan sus muertes en miles y no en decenas de miles, como Bangladés (4,281 muertes por covid-19), Egipto (5,421) y Filipinas (3,558). Incluso el argumento de que la alta prevalencia de diabetes en México explica el elevado número de muertes por covid-19 se viene abajo cuando nos comparamos con Pakistán, uno de los países más pobres del mundo”.

En cuanto a la situación del sistema de salud pública, dicen Frenk y Gómez Dantés: “El pobre desempeño de México en la lucha contra la pandemia por covid-19 se vio agravado por una torpe reestructuración del sistema de salud que tendrá enormes consecuencias negativas en la salud y la protección financiera de la población mexicana”.

Frenk y Gómez Dantés tienen las credenciales para hacer una evaluación seria y contundente como la que han hecho. El primero fue secretario de Salud. El segundo es investigador del Instituto Nacional de Salud Pública. El gobierno de AMLO seguramente desoirá esta evaluación descalificando a los autores por considerarlos adversarios políticos.

Una reflexión final. Me parece que, como en el tema de la violencia, los mexicanos ya nos estamos acostumbrando a vivir con la pandemia. Ya la vemos como parte natural de nuestras vidas, incluyendo el número de muertos de cada día.

Entre el 12 y el 13 de octubre fallecieron 475 mexicanos por covid-19. Recuerdo que detrás de cada uno de ellos hay una historia personal. Invito a los lectores a reflexionar más allá de los números y evitar acostumbrarse a esta tétrica realidad. Y, desde luego, atendamos las recomendaciones de los especialistas, comenzando por el uso generalizado del cubrebocas, sobre todo en lugares cerrados.

 

Supuestos y decadencia

 

Luis Linares Zapata

 

La Jornada

 

Son tantos los supuestos que los opositores pasan como realidades demostradas que minan sus propias construcciones verbales. Construir alegatos sobre bases inciertas o francamente inexistentes debilita sus continuas y valentonas críticas. El objetivo de mellar al gobierno en su incesante trajinar para cambiar el vetusto régimen se torna cada vez más etéreo y lejano. Y no sólo eso, sino que, en el largo proceso de incesante y cotidiano golpeteo, han ido perdiendo de vista el horizonte hacia el cual dirigirse, tanto como el peso de sus usuales argumentos. Dan por sentado que AMLO ha desmantelado contrapesos; debilitado instituciones; elimina fideicomisos para usar sus recursos a discreción; regresa al presidencialismo de partido hegemónico o sueña con el poder concentrado. Son estas verdades, lanzadas con desparpajo, las que robustecen a detractores empedernidos de que su discurso será aceptado por el ancho público del país. Un supuesto por demás alejado de toda compostura y desconocimiento del sentir popular.

Las constantes diatribas en contra de cuanto proceso se inicia en Palacio Nacional contaminan la tarea de la cátedra difusiva. Para ella y sus experimentados como nutridos oficiantes, cualquier tema o momento es oportunidad para rebatir, ridiculizar y derrotar al monstruo Es este personaje quien los trastorna, con inusitada alarma, su valoración de la vida democrática que siempre, sostienen, han defendido. Misma prevención adelantan por el desuso del espacio difusivo desde ese rincón mañanero de la tesorería de palacio. Quisieran, como de costumbre, ser los amos indisputables del territorio que alumbra el presente, el porvenir y aún más allá. AMLO, sostienen, sin duda valedera, apabulla a todos los que considera opositores: los degrada hasta grupúsculo de conservadores y adalides del anterior tinglado. Recurren a su terminal condena por el permanente estigma y el aliento polarizante que de ahí emana, merma la libertad de expresión, concluyen. Un valor en riesgo y al que habrán de abocarse a defender, juntando para ello, a todos aquellos que han sido capturados por similares temores.

No hay que olvidar, menos dejar pasar, los pegajosos motejos que le encajan consagrados opinócratas. Uno, (J.S.G.M., Reforma) se apoya, como es su inveterada costumbre, en teóricos de reputación mundial. Esta vez le sorraja a AMLO dos categorías para su actuar: el tianguis y el templo. ¡Ah!, se diría ocurrente el señor. Más allá todavía: certero hasta el detalle. Su teórico israelí le auxilia todavía más, pues disecciona la política como economía y como religión. Alumbradora separación llevada al punto de ataque central: el rasgo andresino, ya certificado en numerosas ocasiones, con racista sarcasmo sobre el misticismo presidencial. El uso desmedido del púlpito, aclaran, lo califica con suficiencia. Convertir su retórica, su narrativa de cambio en intocable e innegociable materia es un tonto hallazgo que valoran como indubitable.

De este peculiar modo, el incisivo analista cree liquidar toda iniciativa o pronunciamiento desde su mera base. Lo derivado será, entonces y por esas sencillas sentencias, la unión indivisible entre religión y política. ¡Pum! Queda, sin embargo, resonando por ahí aquella teocrática sentencia neoliberal: no hay otro camino, este es el único, de doña Margaret, la heroína inglesa, misma sacerdotisa de la inexistente sociedad donde sólo se agazapan individuos. Para qué contrariarse frente a tan profunda reflexión de opinador consagrado. No queda sino aceptar la tajante definición de que el presente gobierno experimenta un sectarismo oficial comprobado. Tal vez incurra en relativa indiscreción exponer algo de mi experiencia directa. El Presidente, en distintas reuniones, ha expresado, repetidamente, lo siguiente: con respeto a su independencia, dignidad y autonomía solicito (a varios funcionarios) que me ayuden a completar estas ideas que les expongo. O esta otra, suplica: la primera tentativa será introducir las modificaciones buscadas para mejorar lo establecido respetando las leyes; sólo si esto no es posible se recurrirá a cambios de leyes pertinentes.

Habrá que dejar de lado, como otras innumerables frases redundantes de D. Dresser, esta, que afirma con insuperable seguridad: el gobierno no se rige por la seriedad, sino por irracionalidad. ¡Sopas! Muy bien, señora, asunto zanjado, ojalá y medite, aunque sea un ratito en su íntima e irracional furia. Y tanto este, como otros alegatos, salen a cuento para defender los liquidados fideicomisos. Sepan que sólo en transferencias, originalmente dedicadas para apoyar la ciencia y tecnología, se desviaron a grandes empresas 30 mil millones de pesos durante los gobiernos panistas y otros 50 mil millones de pesos con Peña Nieto. Son cuentas de la ASF, de Fonden, de Conacyt y de otros investigadores (C. Fernández V., La Jornada). No eran, como se puede constatar, dineros menores los desusados.

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