La generación de papel

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Por: Salvador López Espínola

 

Pertenezco a la generación de papel.

 

Leímos, escribimos, nos informamos en el papel. O con papel.

 

Periodista viene de periódico. Y mis compañeros de generación, entendíamos que la condición para llamarnos periodistas era escribir en los periódicos.

 

Leer los periódicos, analizar sus contenidos, saber de qué pata cojean sus editores, y acabar con los dedos manchados de esa tinta negra que también tiene un aroma único que sabemos distinguir.

 

Recuerdo hace años una vista al diario Excélsior, el de Julio Sherer: cuarenta máquinas de escribir Remington sonando al mismo tiempo en la Sala de Redacción.

 

Esta es, decía don Julio, “la gran sinfonía de la información”. Y luego en las prensas: “Respira hondo. Siente el aroma de la tinta, porque nada suena igual, nada huele igual”.

 

Me tocó ser director de prensa de dos gobernadores. Uno tras otro. Hoy se llaman “Directores de Comunicación Social” aunque no comuniquen nada en esos mediocres boletines de prensa que dan pena ajena. 

 

A las dos secretarias de mi modesta oficina, en la azotea del Palacio de Gobierno, no podía pedirles mucho, porque también el sueldo era bastante modesto. También ahí tenía dos viejas máquinas mecánicas de escribir que en sus mejores tiempos habían pertenecido al Registro Civil. Pero sí les pedía que al menos supieran manejar la tijera para recortar las notas periodísticas que hablaban de las maravillas del señor gobernador, o que de plano le mentaban la madre en nombre de la sacrosanta libertad de expresión.

 

Durante el tiempo en que fui director de la Escuela de Ciencias de la Comunicación del Benemérito Instituto Campechano, me empeñé en formar comunicadores críticos. Pero el ejercicio de la crítica, que es una ineludible condición de la democracia, exige conocimiento, sabiduría y capacidad de juicio.

 

Críticos, no pillos, no chantajistas, porque de esos ya hay demasiados en el gremio.  

 

¿A qué viene todo esto?

 

Pues mi amigo y buen periodista el Lic. Ambrosio Gutiérrez Pérez, por cierto, de lo mejor que ha egresado de la Escuela de Ciencias de la Comunicación, me invitó a participar en la Revista en línea “Cauce Campeche. El trasfondo de la Noticia”.

La acepto con gusto, aunque las redes sociales no son mi fuerte, por aquello de ser parte de la generación de papel. Y especialmente cuando veo en el Facebook que muchos de los adictos

 

a esa red traen un pleito cazado con la sintaxis y la ortografía. Todos ellos, eso sí, fanáticos defensores de la libertad de expresión.

 

Sin duda las redes sociales, el internet, los periódicos en línea, son el signo der los tiempos. No se van a acabar los periódicos impresos, pero cada día tendrán menos demanda y menor circulación. Alguna vez le pregunté a un editor cuántos ejemplares tiraba, y con la mayor tranquilidad me respondió: -casi todos. Es que entendió bien el significado del verbo tirar.

 

Las redes sociales son ágora, púlpito, tribuna y tribunal. Testimonio, advertencia, juicio y, en muchos casos, espacios de impunidad, no de libertad.

 

Para rematar, cito a Humberto Eco:

 

“Las redes sociales les dan derecho de hablar a legiones de idiotas que para opinar tienen el mismo derecho que un Premio Nobel, y para juzgar más facultades que la Suprema Corte.”

 

Como quiera que sea, para bien o para mal, son, reitero, el signo de los tiempos.

 

Así que acepte de buen grado la generosa invitación (supongo que voy a ganar mucho dinero), de mi amigo Ambrosio, y me sumo con el mayor entusiasmo al proyecto de una revista “en línea”.

 

A quienes se tomen la molestia de leer estas líneas, mi anticipada gratitud.

 

 

 

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