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Cuautla y Minatitlán: la esperanza y la realidad

 

Arturo Rodríguez García

 

Proceso

 

La llamada Semana Santa, festividad superior de la cristiandad –tan arraigada en México que es período vacacional–, se vio perturbada esta vez por dos hechos de violencia que, como en los sexenios pasados, quedan como marca dolorosa en el primer semestre de la administración.

Primero, fue el ataque registrado el 13 de abril en la exhacienda El Hospital, en Cuautla, Morelos, con saldo de cinco muertos y una decena de lesionados; y luego, el de Minatitlán, el viernes 19 de abril, con saldo de 13 muertos.

Los dos ataques tienen por común denominador la muerte de civiles y, dolorosamente de cuatro niños –tres en el caso de Cuautla, un bebé en el ataque de Minatitlán–, reflejo de una barbarie que invade este país y plaga los relatos periodísticos –no por fifís ni conservadores sino porque son los hechos– desde hace al menos 12 años.

Ya sabemos cómo es que llegamos aquí, cómo fue que el fracaso en todas las estrategias gubernamentales mantuvo el horror, realidad persistente que se manifiesta a lo largo y ancho del territorio nacional y que en buena medida motivó la esperanza en una propuesta diferente, en una oferta de gobierno distinta.

Es la esperanza que mantienen millones de personas por ver concretarse aquello que se dijo ampliamente en el discurso derechohumanista respecto a atender las causas profundas, generadas por la desigualdad; en la definición política de un presidente que asume la responsabilidad por la seguridad de los ciudadanos de manera personalísima y, en la conciencia generalizada de que el imperio del terror sólo es posible como resultado de la complicidad de agentes del Estado en su instauración.

Y como se sabe y fue ese pasado reciente lo que motivó el voto, lo que incomoda es que sea tan indispensable para el presidente Andrés Manuel López Obrador, el recordarlo llevando al terreno del diferendo político la falta de eficacia de las fuerzas del Estado (por decir lo menos) hoy, cuando lo que ocurre, y precisamente por asumirlo de manera personalísima, de él depende.

Cierto es que el problema de la violencia viene de antes y cambiar las cosas, tarda. Pero los hechos ahí están, no son producto de lo que el mandatario caricaturiza en lo “fifí”, “conservador” y cosa de “adversarios”, aun cuando estos puedan usar –dicho sea de paso, legítimamente— esos hechos en su narrativa opositora, su ejercicio crítico y en ejercicio de su libre opinión.

Remitir a los adversarios frente a hechos de sangre, es maniobra evasiva o, para usar esta jerga a la que es tan afecto el mandatario, un lavado de manos a lo Poncio Pilatos, para justificar uno de los primeros fracasos de la remilitarización que vino con su sexenio.

Hay que recordar que, aun sin formalizar la Guardia Nacional, el despliegue militar fue medida autorizada en el ámbito legislativo por el que inclusive el mandatario reclamó cuando los diputados eliminaron un artículo transitorio de la reforma constitucional al efecto, y que terminaría subsanándose a su gusto en el Senado. Y hay que recordar también que uno de los despliegues enormes de personal militar fue precisamente a Minatitlán desde el pasado enero.

Y, por supuesto, está la indolencia hacia las víctimas (que, por cierto, no es la primera vez que se nota), ya que preocupado por su condición política, suele dejarlas en segundo plano y hasta borrarlas de sus expresiones tornándose líder inhumano, incapaz de una palabra al menos por los niños asesinados antes que por “los sepulcros blanqueados”.

Hasta ahora su narrativa ha funcionado para millones que mantienen la esperanza en un cambio, pero no por eso es acertada. La esperanza, en este caso por la seguridad, se estrella tarde o temprano con la realidad abominable, de la que el gobierno, lo encabece quien sea, es ineluctablemente responsable.

 

Esclavitud

 

Federico Reyes Heroles

 

Excelsior

 

Una justicia no plasmada en la ley es un juicio moral y un Estado de derecho no se rige por juicios morales.

“Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Son como sepulcros blanqueados”.

¿Momias, pregoneros, hipócritas? Habla un jefe de Estado, habla de sus gobernados. Ésa fue su reacción a las respuestas jurídicas que recibió su aberrante memorándum que ordena a tres secretarios de Estado incumplir con la norma constitucional.

La Barra Mexicana, Colegio de Abogados y muchos otros juristas y actores, reaccionaron con azoro: las autoridades están obligadas al cumplimiento de las normas, no digamos ya de la Constitución. El Ejecutivo federal protestó cumplir y hacer cumplir esas normas. A los servidores públicos sólo les está permitido lo que está normado y, obviamente, no está normado violentar la ley. La confusión es total: se incumplió la ley al permitir a la CNTE bloqueos a vías generales de comunicación; ahora se ordena incumplir una reforma constitucional y liberar presos. Es una subversión del Estado de derecho.

De inmediato viene otro round, no filosófico, de primer año en derecho. Ni lo duden, lanza a periodistas, “entre la ley y la justicia debe privar la justicia”. Pero, ¿cuál justicia?, porque una justicia que no está plasmada en la ley es un juicio moral y un Estado de derecho no se rige por juicios morales. En la vida pública, los patíbulos individuales creados por las fantasmagorías individuales han sido las puertas de entrada a los peores regímenes autoritarios. Una rápida revisión de Hannah Arendt sería muy útil.

La tergiversación histórica aterra. El pensamiento conservador ha sido una de las fuentes más ricas de la filosofía política que ha alimentado la libertad como hoy la concebimos. Locke fue un gran liberal con rasgos conservadores. Hegel enarbola una reacción conservadora después de ver a Napoleón invadiendo Jena en defensa de su racionalidad. Burke fue gran manantial en contra de la dictadura del racionalismo sin brida. Víctor Hugo tuvo como parlamentario posiciones conservadoras. Y qué decir de Lucas Alamán o más cerca de Gómez Morín o de Luis H. Álvarez o de Carlos Castillo Peraza, que nutrieron la democracia mexicana. Y ahora para la 4T resulta que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. ¿Ignorancia o perversidad? Imposible entender la grandeza de los ilustres liberales sin conocer a los importantes conservadores. ¿Sepulcros blanqueados?

Pero en la época de las etiquetas fáciles, desde lo alto se inventan fórmulas sencillas para explicar a un país muy complejo. Así, en el imaginario colectivo la “mafia del poder”, sea esto lo que sea, los “fifís”, los “conservadores”, “los hipócritas” hoy ya son responsables si las cosas no le salen bien a la 4T y no saldrán bien si de entrada convocan a la ilegalidad, si no respetan los mercados, si no reponen el NAIM –limpio hasta ahora–, si no fortalecen la recaudación con tenencia y predial, si no dejan de agredir a inversionistas, calificadoras y hasta “gasolineros”, –como si la presidencia fuera un inspector de precios–. Cada día lanza infundios, descalificaciones, epítetos, amenazas, “si se pasan…” analogías absurdas, falsas moralejas sobre asechanzas que nadie ve en la vida cotidiana, pero que explican un discurso paranoico que envenena el ambiente público. Ahora resulta que la masacre en Veracruz es producto… ¡del neoliberalismo! Qué vileza. La aprobación ya cae, no asombra, según las cifras la mayoría de los ciudadanos quiere regresar a la tranquilidad de su vida cotidiana afectada hoy por esta política. El costo de la desazón e intranquilidad, de la incertidumbre provocada, ya es muy alto.

Gobernar requiere de mesura. El temperamento incendiario puede ser una esclavitud para el gobernante. Paradojas: tener poder y a la vez ser esclavo del propio temperamento. Pequeño problema: hay 125 millones atrapados en esta esclavitud.

 

Astillero

AMLO y los medios: lupa foránea // Lo acusan en Texas // Mañaneras, fifís y rechiflas // SIP contra redes pro 4T

 

Julio Hernández López

 

La Jornada

 

Salvador Camarena y Daniel Moreno son dos periodistas reconocidos y con muy buenas cartas profesionales de presentación. Camarena escribe una columna diaria en El Financiero y es director de Investigación Periodística en Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), peculiar firma presidida por Claudio X. González Guajardo, fundador y ex directivo de Mexicanos Primero. MCCI es financiada por mil cincuenta donantes y recibe fondos de la Confederación Suiza, las fundaciones Ford y MacArthur, la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), financiada por el Congreso estadunidense, y la USAID, Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, financiada por el gobierno de ese país, al igual que la NED, reiteradamente acusada de ser un brazo de intervención estratégica de ese gobierno (https://bit.ly/2IOu7bF).

Moreno es profesor de periodismo y director fundador del portal digital Animal Político, desde donde fue eje del proyecto Verificado 2018, que integró a un colectivo de medios, universidades y organizaciones civiles que verificaron discursos y declaraciones que hicieron los candidatos a la Presidencia de México, así como la revisión de fuentes y la veracidad de la información que se viralizó en Internet. Animal Político es propiedad de las firmas de capital estadunidense Elephant Publishing LLC y Printed Matter LLC. Animal Político y MCCI han producido notables investigaciones periodísticas y en sus equipos laboran periodistas que realizan su trabajo sin presión o distorsión a causa de intereses de los dueños o patrocinadores.

Camarena y Moreno participaron en un Coloquio Iberoamericano de Periodismo Digital, que se realizó el pasado 14 de abril en la Universidad de Texas, en Austin, con el tema Los retos y las realidades del periodismo mexicano. Ahí, Camarena señaló que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha hecho del embate contra los medios una de sus narrativas predilectas, como suele suceder con la repetición del calificativo fifí, aplicado a la prensa que califica de conservadora. Añadió que “estos denuestos nos llevan a una polarización mayor en donde él tiene muchísimo dinero, muchísimos canales de comunicación, tiene mayoría en los dos congresos –la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores– y además tiene a todo un gobierno movilizado en esto, en denigrar a periodistas”.

Moreno dio ejemplo: “Si alguien hace una pregunta crítica, periodistas que están en la conferencia de prensa le chiflan al periodista porque ‘cómo se atreve a preguntarle semejantes cosas’ (…) Dar una conferencia de prensa donde los periodistas te chiflan si preguntas algo ‘mal’ no es rendición de cuentas”. Bajo la advertencia de que se está ante una nueva prensa oficialista, mostró casos de yutuberos que se dedican a denostar abiertamente a periodistas que cuestionan al Presidente a través de videos que superan el millón de vistas, frente a los medios de comunicación que, dijo, tienen un nivel de credibilidad de menos de 50 por ciento (https://bit.ly/2UMtxlS).

Los señalamientos hechos en Austin corresponden a un estado de desasosiego de un segmento de medios, no sólo los convencionales, sino incluso otros que son modernos y digitalmente nativos, ante la retórica presidencial en las conferencias mañaneras y la irrupción de nuevos personajes en el foro, en especial los llamados yutuberos y la prensa alternativa. Colocar, sin el suficiente equilibrio ni un contexto histórico completo, la lupa internacional en el caso México (como ya lo está haciendo también la Sociedad Interamericana de Prensa, órgano cupular de dueños de medios en el continente) es una reacción defensiva ante la nueva realidad política y mediática de México. Hay distorsiones preocupantes en el manejo mediático del lopezobradorismo, y el Presidente debería sosegar su discurso y propiciar unidad y no división, pero hay suficiente espacio interno para la denuncia y la oposición, sobre todo desde las plataformas periodísticas de auténtica crítica e investigación.

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