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El río viejo

Capítulo III

De su bisabuelo, don Timoteo González Pérez, nacido y crecido en la Boca de la Zanja, lugar junto al río viejo y donde empezaba la ribera de La Viuda, Abraham había escuchado de niño que hasta las primeras décadas del siglo XIX era un afluente perfectamente navegable para canoas y barcos de mediano calado que se internaban por las rancherías en un tráfico incesante de pasajeros y mercancías.
Escuchó también que el camino de La Viuda, por el que ahora transitaban incluso automotores, fue un brazo del río viejo y junto con el río grande que llevaba a Ciudad del Carmen formaban la ahora conocida Isla San Isidro. Con el paso de los años, al azolvarse el río viejo con la arena y toneladas y toneladas de desechos que arrastraba la corriente, el canal de La Viuda se secó. Con él se apagó el bullicio de los niños que en las tardes se tiraban al agua a chapalear. A las orillas vivieron decenas de familias que aprovechaban la fertilidad de las tierras desbordadas para sembrar y pescar, para recrear sus propias historias. Tuvieron que irse a buscar mejores lugares. Las nuevas generaciones, que ya no conocieron el canal bendito, abandonaron La Viuda para siempre, huérfanos de la cultura del agua.
Para Abraham, sin embargo, el lugar era más que la referencia de una pérdida ecológica y la casi desintegración de una comunidad. Era parte de sus recuerdos más lejanos, asociado al ranchito familiar y al huerto más prolífico que haya conocido jamás, sembrado de mangos, naranjas, zapotes, castaña, caña, cocos, plátanos, grosella, achiote, chiles habanero y dulce, hierbas de olor. Ahí vivieron personajes con los que construyó sus propios héroes y leyendas. Joaquín Suárez era uno de ellos.
De niño lo veía pasar por el camino con su carabina al hombro, su sombrero de araña, sus botas de hule y su ropa raída por el uso rudo. Su cara era casi idéntica a la de Javier García “Chelelo”, el personaje de las películas mexicanas de la segunda mitad del siglo pasado, y su andar denotaba siempre la prisa por llegar a su destino: el campo. Este era el espacio común de los ejidatarios de la zona, una extensión de terreno de muchas hectáreas donde todos ellos tenían derecho a pastar unas 20 cabezas de ganado.
En el campo había pantanos y lagunas en los que se reproducían sin cesar los pijijes y los patillos, los patos de monte, que son un manjar exquisito. Joaquín Suárez tenía la fama de ser el mejor cazador, con la paciencia del tigre y la habilidad de la culebra para arrastrarse entre maleza y matorrales hasta llegar cerca de sus presas, tan cerca que los balines de su escopeta las alcanzaran. Ya de noche regresaba con decenas de animalitos, atados por las patas, en colgadera sobre sus hombros.
En su casa, cerca de la Boca de la Zanja, su familia hacía la fogata de leña de tinte desde que empezaba a oscurecer, en espera de su llegada, para pelar las aves con agua caliente y darles un sancocho ligero. Temprano vendía los animalitos en el mercado, de dos en dos. De eso sostenía a su familia.

(continúa mañana)

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