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El río viejo

Autor: Ambrosio Gutiérrez Pérez

Capítulo IV

Más allá del ranchito familiar vivía la familia Rosado y uno de sus mejores amigos, Fernando Rosado “El Cayuco”. Con él y su hermanito Cristo (se llamaba Cristóbal) vivió momentos verdaderamente felices. En tiempos de sequía, a lomo de caballo, galopaban el camino polvoriento para llevar vacas y becerros a beber agua a la Boca de la Zanja. Se creían verdaderos vaqueros del viejo oeste norteamericano arriando ganado, lanzando gritos, corriendo de un lugar a otro, haciendo suertes con los caballos controlados apenas con bozal.
En tiempo de creciente, cuando desbordaba y entraba agua al canal de La Viuda, chapaleaban entre los potreros crecidos llevando el ganado a lugares secos y hacían largos recorridos para salvar a los becerros pequeños de los atascaderos y las corrientes.
El Cayuco fue también su condiscípulo de la primaria, de la secundaria y su superhéroe más cercano. Se creía “Kalimán” e hizo de la serenidad y la paciencia su credo. Junto con su “Solín” (César Mejenes, “El Juechito”) recorría el salón de clases para impartir “justicia” a golpes de karate. Como el personaje de Víctor Fox era un hombre increíble: noble de corazón, galante con las mujeres e implacable con los malvados.
Las historias que se contaban del desaparecido canal de La Viuda eran para ellos, a un tiempo, increíbles y aterradoras. Sentados bajo un frondoso mango indio repasaban una y otra vez la del caballo blanco que caminaban sobre el agua y atropellaba a todo el que se atravesaba en su camino. La contaba el bisabuelo de Abraham y el padre de El Cayuco y Cristo, don Claudio Rosado. Cuando el canal todavía era navegable, en las noches de luna, aparecía el enorme caballo blanco, de crin reluciente y relincho temerario. Surgía del agua. Los que salían al pueblo a bordo de sus embarcaciones procuraban regresar antes de la entrada de la noche y los que se quedaban en casa se encerraban, nadie asomaba.
Contaban la experiencia de un jornalero joven, alegre, que llegó a La Viuda a hacerse cargo de un racho. Supo la historia por otros trabajadores pero no les hizo caso. Después de un mes encerrado, tras recibir su pago, decidió ir al pueblo a divertirse. Le advirtieron: si te entra la noche mejor quédate en el pueblo, busca posada, y regresa por la mañana, no sea que se te aparezca el caballo blanco y hunda tu cayuco. Tomó la advertencia a la ligera y partió. El jornalero no regresó esa noche a la choza donde vivía con otros trabajadores. Creyeron que había sido prudente de no regresar de noche y lo esperaban en el transcurso de la mañana. No llegó.
Casi al mediodía avisaron que lo habían encontrado ahogado, bajo su cayuco volteado, en la entrada de la Boca de la Zanja. Nadie vio que haya sido el caballo malvado (que era en realidad el demonio en una de sus manifestaciones, según decían los más viejos) pero tampoco nadie dudó que hubiera sido por una razón: la cara de espanto que tenía el muerto.
Con el paso de los años y el azolve del canal, las nuevas generaciones dejaron de temer al caballo blanco porque ya no había agua de la cual surgiera, pese a que algunos aseguraban que escuchaban su trote y relinchos entre el pequeño arroyo que se formaba en tiempos de creciente.

(continúa mañana)

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