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El río viejo

Autor: Ambrosio Gutiérrez Pérez

 

Capítulo V

 

El puente mismo, sobre el que estaba parado Abraham, había sido escenario de una de las leyendas más fascinantes que le contaba su bisabuelo, la del Chivo Brujo y la Chocha. Eran los brujos del pueblo. Él, don Pancho De las Cañadas; ella, doña Antonia Díaz. Eran muy respetados y temidos. Podían hacer el bien y el mal, cada quien por su cuenta, pero si se trababa de algún caso especial un antiguo pacto los obligaba a exponerlo en un conciliábulo en el que también participaban otros brujos, doña Petronila, La Negra Nosha y Alfonsito. Ahí obtenían una especie de permiso para actuar bajo la condición de no revelar al paciente, en caso de que curaran un mal, qué brujo se lo había hecho. Eso les permitía a todos caminar por la vida como brujos blancos o buenos.
Pero don Pancho De las Cañadas rompió el pacto. Sin consulta alguna curó a un pariente suyo al que doña Antonia había brujeado por encargo y le reveló quién le había hecho el daño. El paciento sanó y contó en el mercado, a quien quiso escucharlo, que se cuidarán de doña Antonia porque era una bruja mala. La especie llegó a oídos de ella y fue al encuentro de don Pancho. Lo encontró donde sabía que lo encontraría tomando café: el mercado.
El hombre era alto, flaco, con el rostro carcomido por la viruela. Su aire era de misterio, siempre alerta, nadie le sostenía la mirada de unos ojos inyectados por la sangre. Ella, en cambio, podía pasar como ama de casa, de las muchas que acudían al mercado a hacer la compra. No impresionaba, era baja de estatura, regordeta, con el cabello siempre recogido con una pañoleta, aunque quienes la conocían sabían que era temeraria en su trabajo de embrujos.
Le reclamó a don Pancho la indiscreción y la rotura del pacto. Se hicieron de palabras y se retaron. Entre ellos no era posible un embrujo. La pelea sería a las 12 de la noche en el puente viejo. El desafío corrió como reguero de pólvora por el pueblo que esa noche quedó en suspenso. Nadie se atrevió a ir. Sólo un borracho desprevenido, Moisés Chan, que vivía del lado de la Isla San Isidro, a la bajada del puente, llegó por ahí y presenció el duelo.
Contó que del lado del pueblo vio llegar a don Pancho De las Cañadas que ante sus ojos asustados se convirtió en un chivo negro, reluciente, que daba saltos. Del lado de la Isla a doña Antonia que se transformó en una enorme chocha seguida de muchos cochinitos. Se abalanzaron y toparon en medio del puente. El chivo pateó a los cochinitos que cayeron al río, a la chocha le clavó uno de sus tarros en el cuello, pero se llevó mordidas y golpes. Sangrante, derrotada, la chocha bajó el puente y se dirigió a la casa donde vivía doña Antonia; el chivo se perdió en la oscuridad de la noche. Al día siguiente corrió la noticia que ella había muerto y don Pancho, mal herido, desapareció durante dos meses.
Moisés Chan, perturbado por la pelea que observó, cayó enfermo con fiebres y apenas lograron curarlo para que contara la historia mucho tiempo después. Nadie se atrevió, ni siquiera las autoridades municipales, a investigar la versión. Lo cierto es que doña Antonia murió y don Pancho reapareció para seguir asustando a los niños que lo veían venir por la calle con su aire de misterio.

(continúa lunes)

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